La gestión que realicé fue tan agresiva que hasta diez años después, no sé cómo, me seguían llamando del exterior.

El primer fracaso.

Mi primer fracaso como emprendedor

El mágico verbo “exportar” comenzó a sonar en mi cabeza hasta dejarme sin dormir.

Definitivamente el camino al éxito está repleto de fracasos, con la diferencia que el día que nos consideremos exitosos habremos, ahí sí, fracasado porque éste consiste no en fallar sino en no aprender ni levantarte, o, pensar que lo lograste para siempre.

Hacia 1989 yo había viajado a Miami dizque a hacer negocios, ¡grades negocios!, de venderle a mega corporaciones, de ser un proveedor pesado, con ese billete pensaba  comprarme un departamento cerca de Bal Harbour, manejar un Mercedes, ir a Barry University, ser independiente económicamente para siempre y mil sueños más, en mi mente de joven emprendedor todo se podía lograr rápido, con esfuerzo, pero rápido.

Un año antes había conseguido la distribución de un aguardiente de Cuenca, la marca era “Montañés”, y para mí, que vivía prácticamente en Montañita, no había mayor augurio de éxito, así que empecé a venderlo localmente, pero arrancar la venta era lento, los canales principales estaban liderados por paisanos prepotentes que me batraceaban, se burlaban de mi producto y finalmente lo menospreciaban, así iba yo de canal en canal con mis botellitas.

Los líderes eran Trópico, Brandy Naranja Lima, Patito y Caña Manabita, tragos de lo peor pero que los consumía la juventud chira de la época, luego vino Ron Castillo que cambió las reglas del juego momentáneamente, mi Montañés era el nuevo del barrio y en tal virtud no iba a ser bienvenido, así que debía pagar piso y esperar su turno.

Recuerdo una vez, en la discoteca Infinity, en una parranda en la que estaba con unos amigos de la universidad, que me topé con el que se presentó como gerente de ventas de Trópico, un personaje de lo más antipático e insolente, alguien le dijo que yo vendía Montañés y se me rió, me dijo que nunca iba a salir de la marginalidad y que buscara otra cosa que hacer, que la única manera de crecer en ventas era exportando, y siguió hablando como grabadora, mientras lo hacía en mi mente hubo un “click” cuando dijo “exportando”. Así que me hice el que no entendí nada, le di la mano y me fui.

El papá de uno de ellos nos habló y nos recomendó formar una sociedad de negocios.

El mágico verbo “exportar” comenzó a sonar en mi cabeza hasta dejarme sin dormir. Al día siguiente empecé a planificar el viaje a Miami que mencioné al inicio del post, para promover mi aguardiente porque se suponía que allá lo consumirían como locos, lo cierto al caso es que pasé dos o tres meses llamando a todos y cada uno de los principales fabricantes, importadores y distribuidores de licores del Sur de Florida, con muchos de ellos me reuní personalmente, estaban sorprendidos de ver a alguien tan joven, tan determinado y con tanta ambición. Finalmente regresé porque había perdido casi un trimestre en la universidad y debía ponerme al día.

Con todos los contactos listos empecé con el seguimiento pero ahí la cosa empezó a trabarse porque requería de llamadas, envíos de faxes o télex y así por el estilo mientras por otro lado debía preparar mis lecciones de Cuentas Nacionales o Estadística 1, ¡a quién le importaba esas materias cuando tenía un negocio millonario entre manos!, al menos eso pensaba…

No recuerdo exactamente cómo, una vez en una reunión de exalumnos del colegio, el papá de uno de ellos nos habló y nos recomendó formar una sociedad de negocios aduciendo que la amistad del colegio es para siempre (dudo de esa premisa) y que era tiempo que comencemos a pensar como empresarios, así que recomendó que pensemos en proyectos y se los presentemos porque él iba a financiarlos acorde a sus posibilidades.

 

  Fui a todas las cámaras de comercio, a todos los consulados, a todas las embajadas.

Semanas van, semanas vienen y no sabía qué hacer, necesitaba dinero para seguir con mis negocios, para el efecto debía compartir mi esfuerzo e inversiones con alguien que no estuvo desde el principio, pero, ¿y si fallaba el aguardiente?, tenía ante mí una oportunidad de emprender en otras cosas, de manera que luego de pensarlo bien, lo decidí y fui a hablar con el papá de mi amigo, así que acordamos fundar la primera empresa intermediaria de exportaciones del país, no recuerdo por qué pero le puso el peor nombre comercial imaginable: “Pérez-Pallares S.A”.

A partir del primer día empecé a recoger información tanto de exportadores como de importadores de todo, fui a todas las cámaras de comercio, a todos los consulados, a todas las embajadas, a toda reunión donde pudiera encontrar información de productos para exportación, me reuní con exportadores sobrados que me decían en otras palabras “mira hijo, apréndete bien la lección”, era el precio de comenzar.

Trabajé de lunes a domingo, enviaba cartas por cientos (con papel araña para que no pesara el franqueo y terminase más barato), aprendí más inglés al braveo porque debía escribir en dicho idioma, usaba varios rollos de cinta porque la máquina de escribir que tenía los consumía rapidito, aprendí a llevar organizadamente “Cartas enviadas”, “Cartas recibidas”, “Fax enviados”, “Fax recibidos”, “Egresos de caja”, etc., etc. Fue una experiencia enriquecedora.

Poco a poco empezaron las requisiciones: compras monumentales de camarones, cacao, café, banano, papayas, melones, etc., etc.

A los pocos meses empezaron las respuestas, ¡qué emoción!, algunos acusaban recibo de las cartas prometiéndonos contactarnos apenas surgiera alguna oportunidad, otros decían que ya no tenían tal o cual giro de negocio, etc., etc. Pienso que debí haber enviado no menos de dos o tres mil cartas.

Poco a poco empezaron las requisiciones: compras monumentales de camarones, cacao, café, banano, papayas, melones, etc., etc.; Ecuador de aquel entonces apenas podía con una fracción del volumen requerido, pero increíblemente a esa edad empecé a aglutinar a exportadores maduros a mi lado, todo iba viento en popa, estaba seguro que en pocos meses más íbamos a concretar un negocio grande, bien grande.

Para que tengan una idea, nos pagaban de comisiones entre 1 y 2 centavos de dólar por libra de camarón, entre el 1% y 2% en banano, café, cacao, en productos terminados o con valor agregado hasta el 10%, en fin, era recontra bueno porque los volúmenes eran gigantescos, hablamos de contratos de dos o tres millones de dólares cada tres meses, por categoría de productos, como bajito.

Pero el destino tenía preparadas otras cosas…

A finales de 1989 el hijo mayor del dueño confesó que había embarazado a su novia, así que el papá decidió mantener a su hijo que estaba en los primeros años de la universidad y cortar el dinero a la empresa. Fue como un balde de agua fría. ¡Tanto esfuerzo, tanto trabajo para nada!.

La gestión que realicé fue tan agresiva que hasta diez años después, no sé cómo, me seguían llamando del exterior.

En 1990 me consideraba el hombre más fracasado del mundo, así que seriamente cuestioné mi razón de ser en los negocios. Mirando ahora en perspectiva, puedo reconocer cuán malas fueron las decisiones que tomó el financista de la empresa, de haber resistido solo seis meses más hubiéramos cerrado la primera venta y hubiésemos ganado lo suficiente para financiar la operación por muchos años, es más, tan radical fue mi iniciativa, que mi socio era compañero del hijo de un banquero muy poderoso en aquel entonces, el mismo que a mi entender nos copió la idea y fundó una empresa con el mismo propósito que el nuestro, no obstante, a pesar de contar con todo el dinero del mundo tuvo vida efímera, inclusive menor que nuestro emprendimiento.

La gestión que realicé fue tan agresiva que hasta diez años después, no sé cómo, me seguían llamando del exterior preguntándome si seguía en la industria, pero en aquel entonces yo estaba de cabeza en otras cosas, así tambíen, proveedores de cacao, café, camarón, banano, etc., me seguían llamando. Quizás debí haber reactivado el negocio…

Dios sabe cómo hace las cosas y tuvo una razón poderosa para que haya pasado lo que pasó, pero hoy, más allá de sentirme perdedor en mi primer intento formal como emprendedor, puedo mirar atrás y ver que todo lo dejé en el camino, que trabajé fuerte pero que las cosas no se dieron, no por mi responsabilidad sino por las decisiones de terceros. Ese pensamiento derrotista que me persiguió tantos años ya no tiene razón de ser hoy, y más bien es un motivo de alegría porque la experiencia, aunque duela, no es casualidad.