Recordé cuán afortunado fui al vivir bien sin superficialidades.

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“Papá ¿somos ricos?”

Recuerdo que en el año 74 ó 75, siendo pequeño le pregunté a mi padre si éramos ricos, pues, en ese entonces él había construído en una urbanización de clase alta (hasta hoy) una casa aceptablemente bonita que aunque sin lujos era funcional, además, a pesar que nunca viví con él manteníamos una relación cercana pues como hijo mayor debía estar pegado a él y su negocio,  así el interés por el dinero, las ventas, la persuación y demás me empezaban a gustar.

Le hice esa pregunta porque éramos los pobres del barrio, al menos así me sentía yo, pues a pesar que mi padre era un próspero comerciante tenía un estilo de vida frugal, de manera que éramos los que teníamos sólo una camioneta, el resto tenía no menos de tres o cuatro carros de lujo, casas en las que la de mi padre podía entrar sin problemas, disponían de viajes a Miami, New York y Europa todo el tiempo, escuchaban discos de Gary Glitter, Santana, Led Zeppelin y otros setenteros, mientras en casa se escuchaba, a veces, Camilo Sesto, Tormenta y Sabú…

Mi padre nunca me contestó, aclaraba la voz y cambiaba de conversación…

familiaDebo confesar que tuvimos una vida bastante buena sin excesos, fui subsidiado hasta que me gradué de colegio, después hasta ahora luché por salir adelante por mis propios medios con sus altas y bajas.

Hace unos años, mi hijo me preguntó “Papá ¿somos ricos?”, le pregunté por qué, me respondió porque vivíamos en un departamento amplio, porque viajábamos con regularidad, porque teníamos un buen carro, porque tenía una tv grande para él (siendo no mayor a seis o siete años), porque comíamos en restaurantes, etc., me llamó la atención cuán perspicaz era para su edad.

En aquel entonces, aunque no sabía nada de libertad financiera, atravesaba una buena época en mis negocios y la holgura que vivíamos en casa era testimonio de un tiempo de vacas gordas, pero recordé cómo había sido mi infancia y cómo fue la vida de muchos de mis vecinos que eran muy ricos hace sólo treinta o cuarenta años y hoy no viven más así.

Recordé cuán afortunado fui al vivir bien sin superficialidades, sabiendo que la provisión estaba en la medida correcta, que aprendí a valerme por mí mismo desde muy joven, que a pesar de mis sonoras bancarrotas y fracasos de negocios saqué fuerzas para seguir adelante por el sólo instinto de supervivencia; me acordaba cuánto hacía durar un pantalón (espantosos en ese entonces, se parecían a los del payaso Frejolito), una camisa, un terno, etc., duraban hasta que se terminaban o cuando crecíamos y ya no había manera de vestirnos; fui muy bendecido al entender poco a poco el valor del dinero.

“Sí hijo, somos ricos, muy ricos” le contesté, tenemos en primer lugar el amor de Dios pues somos especiales para Él y ha prometido que no nos dejará ni nos desamparará; tenemos una familia unida que se ama, tenemos la refrigeradora llena, tenemos salud en abundancia, podemos pagar las cuentas sin atrasarnos, podemos darte la mejor educación que está a nuestro alcance, en definitiva tenemos más cosas de las que necesitamos. “Somos muy, muy ricos”, le dije;  nunca más me volvió a preguntar.

Si empezamos a competir por lo que tienen los vecinos para aparentar ser ricos o más que ellos entraremos en una carrera de ratas que sólo al final traerá bancarrotas financieras y emocionales, hipotecando la voluntad y el deseo de superación de nuestros hijos o nuestras generaciones. No es necesario tener dos o tres casas para vacacionar en la playa y en el campo, para vivir basta con una.

Los padres tenemos que ser sabios para demostrarles a nuestros hijos que el dinero no crece en las ramas de los árboles y que hay que darle el cuidado y la importancia que merece; debemos hablarles de finanzas desde pequeños, esto formará sus personalidades aún cuando no se especialicen como hombres de negocios, pero sobre todo, debemos dar testimonio que administramos prudentemetne el dinero pues nadie nos llama a cobrar cuentas vencidas o nos embargan activos.

Los hijos son como plastilina, están para ser formados, y sus mentes están ávidas de cosas trascendentes; nuestra responsabilidad como padres apenas comienza con su generación.